lunes, 28 de septiembre de 2015

LAS HOJAS DEL ÁRBOL


por ralero 


Ya había llegado de nuevo el otoño y el pequeño Basti volvía a molestarse como cada año. Y no tenía nada personal contra el otoño, pero eso de que se cayeran las hojas...! No sabía si echarle la culpa de su enojo temporal anual a los árboles, a la ley de la gravedad (que en lo personal él no le veía nada de grave, a excepción de cuando se subía a las azoteas) o a su padre quien, aunque le pagaba por dicho trabajo, le ordenaba a su debido tiempo barrer y recoger las hojas que caían del fresno que estaba en el patio de su casa.  “Hecho el tiro” había dicho su padre aquella tarde en la que acordaron la contraprestación de estos servicios recolectores.

Llevaba apenas tres años de cumplir con esa tarea y uno y medio en el que sus derechos laborales se habían acrecentado con el logro alcanzado de una paga módica (casi arrancado a la fuerza tras la unión a su causa de la mejor líder sindical que había en casa y sus alrededores: su mamá), pero considerable para su edad, que por ser ganada por su propio esfuerzo era ahorrada casi en su totalidad y el resto gastado a conciencia en cosas que para él eran importantes o urgentes.

Pero la verdad era que necesitaba barrer mucho ese otoño, ya que a finales del verano en el último partido de las retas con los niños de la calle norte habían perdido el balón, su balón, cuando en una jugada casi al final del partido en un arranque de individualidad, en lugar de mandar un pase atrasado hacia Alex, su primo, que estaba en mejor posición para realizar el disparo, prefirió tirar con mas fuerza que colocación y voló la pelota hasta el patio de “las regañonas” (vecinas, señoritas de edad, cuya casa estaba frente al parque donde se jugaban las retas). “Por un pelo de rana calva” decía Sebastián cuando describía la jugada a la vez que excusaba su error, “pero como quiera ganamos el partido, ¿verdad Santi?” terminaba dirigiéndose a Santiago, su otro también inseparable primo, y portero del equipo, quien en una jugada  y gracias a sus felinos (aunque rayado de corazón, como su padre) reflejos había desviado el disparo del oponente, salvando de que les anotaran un gol y, por consecuencia, salvando el partido.

Pero en fin, los buenos recuerdos (al igual que los malos, gracias a Dios) sólo son eso: recuerdos. Ahora tenía ante sí la tarea de recoger las hojas, mientras que la raza se estaba organizando para un partido. A regañadientes y cabizbajo, se dirigía recoger las herramientas propias de la labor a emprender, cuando en esos momentos llegaba su papá del trabajo. “¿Qué pasa Sebastián, por qué tan triste?” le preguntó su padre al bajarse del auto, “Nada”, contestó el Basti, “¿por qué se caen las hojas de los árboles?” siguió diciendo. “Eso” le contestó su papá casi al instante “es algo que tendrás qué descubrir” y se dirigió al interior de la casa.

Sebastián recogió las hojas del patio esa tarde, pero no pudo dejar de pensar en la respuesta que le dio su padre a una pregunta tan simple; así era siempre, su papá nunca solía despejar las dudas que preguntaba sino que lo orientaba a encontrar las respuestas por sí mismo.

Al día siguiente, en la primaria, hizo a su maestra la pregunta formulada con anterioridad a su padre: “Miss Kity, ¿por qué se caen las hojas de los árboles?”, la maestra le miró a los ojos y, en tono maternal, le contestó: “Si, hijo, acuérdate de la clase de Science, tanto las plantas como los animales durante su vida pasan por un proceso que tiene varias etapas: nacimiento, crecimiento, reproducción y muerte; las hojas se caen de los árboles porque se mueren”.

“La muerte tilica y flaca” pensó Sebastián “como dice el abuelo al jugar lotería” y en voz alta continuó “pero eso no puede ser tan simple, no tendría sentido que una semilla crezca tan grande para después andar derramando hojas muertas a diestra y siniestra...” y continuó caminando hasta llegar a su salón.

Terminó el otoño y a medio invierno la temporada de barrer de ese año. Inició el siguiente año y corrieron varios más. Otoño tras otoño volvía Sebastián a su pregunta y su padre a su respuesta. Hasta que con el inevitable correr del tiempo (el implacable, el que pasó...) vino también el desarrollo de aquel niño que, ya en secundaria, empezaba con los achaques típicos de la adolescencia. A partir de aquel otoño hubo más hojas y menos escobas.

Sebastián cayó en aquella actitud de rebeldía tan característica de esa edad, y poco a poco, se fue distanciando de su padre. Las salidas al parque, al museo, a la oficina o a jugar fútbol con sus primos y los tíos fueron cada vez más esporádicas. Aunque nunca decayó en sus deberes escolares, cambio su relación familiar por la de sus amigos, como suele suceder.

Por azares del destino, por la mano de Dios o por razones hereditarias el padre de Sebastián falleció por un paro cardiaco. Aunque después nada fue igual, la familia se unió tras este triste acontecimiento, pero el corazón de Sebastián se inundó de una gran tristeza.

A raíz de la muerte del papá la madre entró a trabajar al negocio del primero y Sebastián y su hermana empezaron a hacerlo también en empleos de medio tiempo en el mismo negocio y posteriormente en otros en el que aprendieran algo del oficio que querían estudiar, pero siempre cuidando que eso no afectara su desempeño escolar, el cual siempre había sido destacable. Los ahora muchachos, gracias a sus buenas calificaciones lograron que se les otorgara una beca para estudiar la preparatoria y, al terminar ésta, continuaron estudiando becados la carrera profesional.

Sebastián tuvo la oportunidad de estudiar la carrera en el extranjero, dejando a su madre y a su hermana en su ciudad natal, ésta última estudió lo que siempre de niña decía que quería ejercer: Veterinaria.

Con el tiempo, ambos terminaron sus estudios graduándose con buenas notas y consiguiendo muy buenos trabajos. Sebastián volvió a la ciudad, se estableció en ella y continuó con el negocio de su padre.

Los dos se desarrollaron en sus carreras, se relacionaron con otros jóvenes  y con el tiempo tuvieron sus parejas, sus noviazgos; posteriormente se casaron (cada quien con su cada cual) y le dieron a su madre sendos nietos.

Tal vez porque cuando eran niños y sus padres los llevaban los fines de semana a visitar a los abuelos, ellos visitaban a su madre cada semana con toda la familia, aparte de las visitas personales entre semana por alguna razón específica.

Ese domingo de otoño, aparentemente no tenía nada de especial. Sebastián, como hacía mucho tiempo no hacía, tomó del cuarto de triques el rastrillo, la pala y una escoba, al ver que bajo del gran encino había un montonal de hojas secas. Sin pensar en ello, empezó a recogerlas.

A medida que lo hacía su mente voló al pasado, recordando las tardes de la infancia en que a regañadientes hacía esta tarea y en la pregunta que nunca le contestó su papá. Al recordarlo, pensó en todos esos momentos de la infancia en que su padre lo animó, lo corrigió, o le enseñó... para todo sacaba una lección, una enseñanza o hacia alusión a cuando su padre era niño.

Cómo lo había extrañado después de su muerte. Cómo le dolía que hubiera partido en aquella época de su vida en que por la misma naturaleza el niño, queriendo ya ser hombre, se rebela y busca tomar sus propias decisiones, busca vivir su propia vida.

Sin embargo, la muerte de su padre trajo a su vida un nuevo orden, una nueva visión de la misma. Tal vez, lo único bueno de la partida de su padre fue que él tuvo que tomar las riendas de su vida, aplicarse en sus estudios, enseñarse a trabajar, cuidar su gasto, su persona. Y eso, al final, era algo bueno. Tal vez, si su papá no hubiera fallecido, la rebeldía que sentía (y que hoy comprendía se debía a que de niño no siempre contaba con su presencia por motivos de su trabajo ) lo hubiera empujado a distanciarse más de él y de la familia; pero de lo que sí estaba consciente es que no hubiera conocido a su hoy esposa ni tendría a sus hijos, si los acontecimientos no se hubieran dado tal como se dieron.

En esos pensamientos estaba cuando llegó hasta él su hijo, con un balón de fútbol en sus manos:
-“¿Qué haces papá?”- le preguntó al punto que se ponía el balón en el suelo y se sentaba sobre él.
-“Recojo las hojas que han caído del árbol, hijo.” Tras un brevísimo silencio continuó: “sabes, cuando yo tenía tu edad, tu abuelo me pagaba por recoger las hojas de los árboles”.
-“¡Orale!” exclamó el niño “y cuánto me pagas si las recojo yo?” se apresuró a decir.
-“Este salió a su abuela” pensó Sebastián y le contestó: “pues, ¿cuánto me cobras por hacerlo?”
-“Mmmm”- pensaba el niño su respuesta- “¡cinco pesos!” contestó triunfante.
-“Te daré diez e incluye embolsarla y una limonada al final” le dijo su padre.
-“De acuerdo”, asintió el niño.
-“¿Es un trato?”- dijo el padre mientras le daba la herramienta de trabajo.
-”Hecho el tiro” dijeron ambos al mismo tiempo al darse la mano y cerrar el trato. --“Voy a preparar la limonada” continuó diciendo el papá, mientras caminaba hacia la puerta de la cocina.
-“Papá”- le llamó el niño, quien ya empezaba su tarea.
-“Dime, hijo” contestó Sebastián al tiempo que se detenía y volteaba.
-“¿Por qué caen las hojas de los árboles?” pregunto con profunda inocencia el pequeño.
-“Las hojas caen”-contestó el padre sin pensarlo -“para que puedan salir hojas nuevas”.

Ambos sonrieron.

-“Para que puedan salir hojas nuevas”, repitió su hijo, Rafael, y continuó barriendo el patio.
-“Para que puedan salir hojas nuevas”, dijo Sebastián volviendo sobre sus pasos y, tomando otra escoba, comenzó a barrer sonriendo junto a su hijo.


FIN


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